Mi experiencia como voluntaria en Sri Lanka

Una de las cosas que tenía claras durante el viaje era que quería ser voluntaria de diferentes causas sociales, sobre todo las que están enfocadas con niños/as y empoderamiento de mujeres y esa oportunidad finalmente llegó en Sri Lanka y no pude haber encontrado un mejor lugar, ya que mis dos semanas de estancia ahí transformaron mi vida y sin duda alguna son de los recuerdos más bonitos que guardaré en mi corazón durante toda mi vida. Todo sucedió a través de un portal llamado Workaway que te permite contactarte con miles de voluntariados alrededor del mundo sin pagar a una agencia y estas iniciativas cubren tu hospedaje y en muchos casos también la alimentación. Si quieres saber cómo funciona está página aquí te dejo un artículo que escribí meses atrás. Viaja casi gratis a cualquier parte del mundo utilizando Workaway.

Mi contacto con Janaka el Director de la Fundación comenzó semanas atrás cuando aún estaba en Malasia, era para dar un taller de arte a los niños, él me explicó de manera muy general de que se trataba la iniciativa y cómo llegar al pueblo donde iba a realizar mi voluntariado, éste estaba ubicado en el sur de Sri Lanka pero coincidencialmente él tenía programado un viaje a Colombo la capital, donde yo estaba en ese momento, ya que él tenía que hacer varios papeles ahí, así que aprovechamos la oportunidad y nos fuimos juntos, tomamos un bus que duró más de 10 horas y llegamos a Palwatta alrededor de las 11:00 pm, después de una caminata de 15 minutos en completa oscuridad llegamos a su casa, me enseñó la que sería mi habitación y nos despedimos. Al siguiente día me llevaría a la escuela donde me explicaría cómo funcionan las cosas y comenzaría oficialmente con mi trabajo.

Me levanté alrededor de las 5:00 de la mañana con un fuerte sonido que no sabía bien que era, ni de dónde venía, eran unos gritos muy fuertes, una especie de canto que después de una hora pararon. Me levanté y miré por las ventanas de mi habitación a mi alrededor, lo único que había era bosque, cientos de enormes palmeras, era un paisaje muy similar al que había tenido los dos años que había viví en la Amazonía en Ecuador, de una manera rara me sentía en casa, bajé y el desayuno estaba listo, como siempre en Sri Lanka té negro con leche; Janaka me presentó a su familia Sanu de 8 y Ranu de 6 añitos, dos niñas de piel chocolate y unas sonrisa con unos hermosos dientes blancos que me miraban con mucha curiosidad, me dieron un abrazo y me recibieron en su casa sin ninguna timidez, su esposa una mujer muy dulce también nos empacó el almuerzo y nos fuimos a la escuela que quedaba a cuatro kilómetros de su casa en un pueblito aún más pequeño, en el camino vi muchos sembríos de arroz, niños yendo a la escuela peinados pulcramente, todas las niñas con dos trenzas perfectamente hechas, agricultores trabajando la tierra, muchos perros que dormían en medio de la calle, yo veía todo desde la ventana del auto. Cuando llegamos a la “escuela” no vi ningún niño, era un día viernes ¿Dónde están?… pregunté, ¿No se supone que esto era una escuela?, él me invito a sentarme en su oficina y me dijo que me explicaría todo.

Janaka y yo en su casa en uno de los primeros días de mi voluntariado.

Janaka Smiral es el menor de cuatro hermanos, cuando tan solo era un adolescente se ganó una beca para estudiar en uno de los mejores colegios budistas en Colombo, pero al terminar su secundaria no logró entrar a la universidad, en ese entonces descubrió que una de sus habilidades era el dibujo y se convirtió en caricaturista, lo cual le dio la oportunidad de trabajar en un periódico, a menudo iba a su aldea a visitar a su familia y en una de sus visitas dio las pruebas para trabajar en el Banco del Gobierno presionado por sus padres y lamentablemente fue seleccionado, digo lamentablemente porque él jamás quiso trabajar ahí, le gustaba mucho el arte, pero tuvo que aceptar esa oportunidad laboral ya que tenía un muy buen sueldo que le permitiría ayudar a su familia, ya que como era el hijo menor era el que tenía que velar por el bienestar de sus padres.

Un grupo de niños esperando el bus a pocos metros de la escuela.

En el año 2000 la electricidad llegó a su pueblo y él se compró una computadora ya que toda su vida había sentido curiosidad por la tecnología, los niños de la aldea estaban muy interesados por “ese nuevo aparato” e iban a su casa para aprender a manejarlo, con el tiempo y perseverancia logró conseguir dos computadoras más y su habitación se convirtió en centro de aprendizaje, formó con los niños de su aldea un “club de tecnología”. En el 2005 la Universidad de Colombo realiza una convocatoria para concurso de tecnología para colegios en la ciudad  de Colombo y ellos deciden inscribirse, para su sorpresa y la de todo el país quedan como finalistas, eso generó toda una noticia en Sri Lanka, ¿Cómo era posible que chicos de una área rural puedan ganar un concurso tecnológico?. Este suceso ayudó Janaka a conseguir unos pequeños fondos para hacer realidad la  fundación que planificaba tener y seguir con el proyecto y como premio el Banco Mundial colocó un satélite para proveer de internet a la aldea, lamentablemente en el 2012 se perdió la instalación a causa de una guerra civil que destruyó muchos pueblos. Ante este suceso Janaka decide enseñar inglés a los niños ya que ese es uno de los grandes problemas en ésta comunidad rural de porqué los estudiantes no pueden entrar a la universidad. En la actualidad el proyecto ayuda alrededor de 400 niños con clases  extracurriculares los días sábados, muchos de los pequeños vienen desde aldeas muy lejanas ya que con los años se ha ido regando la voz que las clases no tiene ningún costo. La escuela tiene un pequeño centro de cómputo con internet que fue reconectado hace tres años nuevamente para el uso de toda la aldea. En el 2016 Janaka dejó su trabajo de toda la vida en el banco para dedicarse al 100% a esta iniciativa. Mientras él hablaba yo tenía un nudo en mi garganta, mis ojos se llenaron de lágrimas cuando comentaba su historia, ya que él lo contaba desde el corazón, pero no podía llorar, tenía tanto miedo de generar un mal entendido y que él piense que estaba llorando por las condiciones tan sencillas de la escuela, o porque el lugar no era el que yo esperaba, pero no era eso, estaba totalmente conmovida por todo lo que este hombre había logrado solo. Salió de su oficina para atender una llamada y eso fue un alivio para mí, porque pude llorar, tomé el único pañuelo que había en una caja de cartón sobre su escritorio y me limpie las lágrimas, ya que tenía un hueco en el corazón.

Mis tareas como voluntaria

Y aunque jamás di clases de arte como inicialmente era mi compromiso me puse a enseñar inglés,  la fundación para funcionar necesita de voluntarios que muchas de las veces no hay y en ese momento yo era la única ya que solo tienen 2 profesores, por dos semanas enseñé a los niños de nivel intermedio, las aulas eran galpones al aire libre con unas bancas y sillas improvisadas y un pizarrón mediano. Mi primer sábado dando clase estaba tan nerviosa, jamás había enseñado inglés en mi vida, los niños iban llegando uno por uno vestidos de manera impecable todos traían ropas con colores muy vivos, rojo, azul, naranja, verde, niños muy alegres, con ganas de aprender y mucha energía, compartimos 4 horas de clases en las que a través de muchos juegos, baile y diferentes actividades aprendimos de varios temas. De hecho en mi primera clase un grupo de 4 niños tuvieron que bailar “despacito” como una penitencia, todos disfrutamos del momento… ¡Nos reímos tanto!

Dos de mis estudiantes al terminar las clases.

Durante el receso los niños corrían por las instalaciones jugando, se podía ver a los más pequeñitos de sólo cinco añitos con sus hermanos comiendo juntos, otros haciendo una gran fila en un pequeño bar que vendía diferentes platos, croquetas de maíz, arroz con vegetales en unas enormes hojas de plátano los precios comenzaban desde los 0.05 ctvs hasta los 0.50 ctvs, los platos más caros eran comprados en grupo de niños que luego compartían todos sentados sobre la tierra.

Otra de las actividades de los voluntarios es ayudar con el “homeschooling” que consiste en visitar las casas de los niños que  tienen un nivel avanzado de inglés entre semana y darles de 1 a 3 horas de clase por día depende de sus horarios y las tareas que tengan que hacer. Esta actividad me permitió conocer la casa de muchos niños y a sus familias, siempre iba a un lugar diferente algunas casas quedaban muy lejos en medio del bosque, tuve una relación más cercana ya que me invitaban a comer, conversaba con los padres, los tíos, las hermanas, mis alumnos eran sus interpretes y al finalizar la clase me iban a dejar a la casa de Janaka.

Tesha y sus hermanitas en una de mis sesiones de “homeschooling”

Mi tiempo libre

Durante mi voluntariado tuve mucho tiempo libre ya que generalmente el “homeschooling” comenzaba a las 5 de la tarde, así que creé una especie de rutina: me levantaba, desayunaba, leía y escribía, no tenía internet en la casa, así que todo era modo offline, escribir en cuadernos y leer libros de papel, ayudaba en la cocina o más bien curioseaba como cocinaban, durante mis días ahí le visitaron a Janaka y a su esposa sus padres y aunque no sabían ni una palabra de inglés, eran personas muy ancianas nos entendíamos con señas y hasta hacíamos bromas, el poder del lenguaje no verbal en su máxima expresión. En la tarde esperaba la llegada de Sanu y Ranu, cuando se acercaba la hora salía a la puerta para recibirlas con un beso y un abrazo y servirles la comida, eran niñas tan independientes se iban y venían de la escuela solas, Ranu (la chiquita) la sentaba en mis piernas y le daba la comida haciendo avioncito hasta su boquita, luego veía como hacían sus deberes  en eso no podía ayudarles ya eran cingalés y no hablo ni una palabra, cuando terminaban empezábamos a jugar Sanu estaba aprendiendo a patinar así que yo le ayudaba con sus clases, en la tarde me iba a la casa de mis alumnos volvía por la noche y dormía. Sanu, Ranu y yo fuimos inseparables, hacíamos todo juntas, jamás, jamás en mi vida había recibido tanto amor y eso me curó de muchas maneras.

Sanu y Ranu con las tarjetas el día de mi despedida

Los voluntarios también tienen la oportunidad de tomar dos días libres a la semana, así que yo decidí ir Udawalawe un pueblo a dos horas de distancia de donde estaba para visitar un parque nacional  que tiene el mimo nombre, donde vi por primera vez los elefantes, fue un  momento muy especial para mí. Si quieren saber más de esta experiencia les comparto en este artículo: Sri Lanka la tierra de los elefantes

La despedida

Y aunque fueron solamente dos semanas las sentí como toda una vida porque pasaron muchas cosas, en el pueblo era la única extranjera y aunque luzco como una cingalesa la gente se me acercaba y me saludaba, me convertí en alguien popular, ya que ahí no pasa gran cosa, las últimas noches de mi voluntariado no podía dormir, no sabía si parar el viaje y quedarme ahí por unos meses, hubieron tantas emociones que a veces no podía controlarlas, a la final sabía que tenía seguir viajando, ese fue mi objetivo propuesto en el principio y no quería cambiarlo.

El siguiente y mi último sábado había preparado para los niños una actividad especial una carta a ellos mismos para su “yo” del futuro hubieron muchos médicos, ingenieros y maestras, es increíble ver la creatividad de los niños y que sus sueños no tienen limitaciones, disfrutamos mucho de las 4 horas que tuvimos de clases, les hablé de Ecuador, de nuestra comida, de mi proyecto de recorrer el mundo escribiendo todas mis experiencias en un blog, ellos querían saberlo todo, al terminar la clase con mucha tristeza les dije que mi voluntariado había terminado y que la aventura debía seguir y que me iba a India, ellos hicieron una fila grande, los primeros niños me daban la manos pero poco a poco la fila se iba haciendo más pequeña comenzaron los abrazos, fue imposible no llorar, también volé mi drone para para hacer unos vídeos que me había pedido Janaka, ellos corrían detrás de el eufóricos, estaban tan emocionados.

La foto del recuerdo con mi grupo de estudiantes.

Al volver a la casa la esposa de Janaka, Sanu y Ranu estaban ahí esperándome ya que era mi último día, al llegar las niñas bajaron corriendo y subí las escaleras con cada una enrollada en una de mis piernas, durante toda la tarde conversamos con Di (la mamá de las niñas), si sus hijas son tan amorosas era por ella, me preguntó que cuando volveré a visitarlas… le dije que no sabía cuando pero que que lo voy hacer. Cuando a Ranu y Sanu les dije que me iban ellas no entendían porque, tomaron unos papeles de colores, marcadores he hicieron unas cartas para mi, luego las entregaron con besos y abrazos, cocinamos algo especial, Di me enseñó cómo hacer curry de coco, mi plato favorito, pusimos los platos sobre la mesa y comimos delicioso, Ranu la más chiquita se quedó dormida entre mis brazos. Durante toda la noche me pregunté mil veces si debía quedarme, lloré, lloré mucho de saber que mis días en Palwatta se habían terminado, pero lo único que me tranquilizaba era que tenía un largo camino por recorrer y que voy a volver algún día.

 

Datos de voluntariado:

Janaka Smiral

Correo electrónico: janaksrimal@gmail.com

Teléfono: 0094718217869

Autor
Hola, mi nombre es Nicole, una de las cosas que más me apasiona es escribir, espero disfrutes de mis historias. Gracias por visitar mi blog.

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